Women4Future: Evento final en Roma y Premiación Women4Change

Han pasado unos días desde el octavo y último evento presencial del Proyecto CERV Mujeres por el Futuro de Europa Women4Future: un encuentro distinto que combinó el trabajo de las entidades socias bajo el tema «Mujeres, medioambiente y gentrificación», y el cierre y premiación del Concurso Call4Narration, la convocatoria de narración abierta promovida a lo largo de los dos años de duración de este proyecto.

Esta actividad, no solo contó con la presencia habitual de las y los socios del proyecto, sino que también premió, con este viaje a Roma, a las ganadoras del concurso Women4Change por cada país. En España, el premio se lo llevó Dolores Liceras, quien con su relato «Avanzamos, pero no es el fin de la historia», obtuvo la mayor calificación del jurado, al combinar una historia personal con una reflexión política sobre la situación de la mujer desde la perspectiva de una sindicalista.

Bajo la organización de nuestras socias de Archivia, el día 2 de marzo, en la Casa Internazionale delle Donne de Roma, vivimos dos horas intensas, cautivadoras y profundamente inspiradoras. El Premio Women4Future – Women for Change resultó ser un momento de diálogo genuino y celebración colectiva: junto con representantes de organizaciones asociadas de siete países europeos, donde descubrimos y compartimos las historias finalistas y ganadoras del concurso: historias de emancipación, activismo, resiliencia y compromiso cívico que traspasaron fronteras, idiomas y experiencias, creando un poderoso mosaico de voces capaces de generar transformación social, cultural y política.

La presencia de delegaciones internacionales reforzó la dimensión europea de la iniciativa, confirmando lo esencial que es la cooperación transnacional para promover la participación activa de las mujeres en la vida democrática y en la configuración del futuro de Europa.

Gracias a todas las autoras, colectivos, socios del proyecto y a todas las personas que contribuyeron a que este evento fuera tan significativo.

Las historias están disponibles en la plataforma https://www.storyap.eu/

Sigamos construyendo juntos espacios de voz, visión y cambio.

Premiación Women4Change

AVANZAMOS, PERO NO ES EL FIN DE LA HISTORIA

(Fábula de una mujer sindicalista)

Esta es mi historia personal y es también una historia de mujeres; es la historia que, en parte, me explica a mí, pero también a las mujeres en el prototipo de organización de poder masculino, un sindicato; esta historia no es siempre luminosa, pero en ella hay también luces personales y colectivas.


Es junio de 1973, estoy en el asiento del avión y peleo con la larga correa del cinturón de seguridad que no puedo ajustarme. La azafata gesticula con las normas de seguridad, pero no las entiendo, habla italiano. Tengo 23 años y viajo a Milán. Es la primera vez que subo a un avión y en aquel momento hubiera querido bajarme. He recordado muchas veces esta escena y ¡siempre aparezco ridícula! Me había contratado una gran industria italiana que acababa de abrir una sede en España y yo debía hacer un aprendizaje de meses en la casa matriz. Dejaba atrás una relación de trabajo en una pequeña empresa familiar y autoritaria que me obligaba a llamar “señoritos” a sus dueños, mis jefes.


Entré en un mundo abierto que desconocía. Sentí la libertad en las trabajadoras que me rodeaban. En las mayores -podían ser mi madre- que manipulaban condensadores y resistencias en la imponente línea de montaje, solo mujeres con su batas grises. Y en las jóvenes como yo, eso sí, más lanzadas y atrevidas, que jugaban con desenfado a enamorar al compañero de trabajo que les gustaba. Una mañana me sobresaltó el piquete. Los coches, enfrentados a la gran verja de hierro taponaban la puerta de la fábrica y nos impedían entrar. Hombres y mujeres del sindicato, algunas de
mis amigas, repartían octavillas informativas, sin miedo. Era la primera vez que yo hacía una huelga -en España las prohibía el régimen franquista-. Cuando volví aquí, pronto me uní a las clandestinas Comisiones Obreras que empezaban a organizarse en la empresa.


Pasa el tiempo. Pongámonos en enero de 1996. Es el Congreso del sindicato y me acaban de elegir para formar parte de la dirección. Sí, fue casi una carambola, pero fue también porque se lo pelearon las mujeres del área de igualdad del sindicato con las que colaboraba. Ellas querían conseguir que hubiera más mujeres arriba, donde se toman las decisiones, así que montaron la estrategia de hacer una lista con nombres de posibles candidatas y se la presentaron al secretario general. Trataban de romper así la repetida cantinela con la que ellos, los sindicalistas poderosos, justificaban su mayoría, “es que no hay mujeres” o “es que ellas no quieren” decían, aunque claro, los nombres propuestos no tocaban su poder de elección. Y fui yo la elegida, aunque ni siquiera era conocida entre los dirigentes -pasé de mi empresa a la dirección-, o quizás fue precisamente por eso, porque no estaba significada en los diferentes grupos de interés. Fui “cuota” y asumí de buen grado, aunque no sin miedo, la responsabilidad de serlo en
favor de la igualdad de las mujeres.


Durante los primeros años sentí que no estaba a la altura. Al principio me veía muy lejos del modelo de sindicalista al uso. Razonable, sin entrar en el juego pequeño de las disputas de poder, más juiciosa que impulsiva en la tarea, en una asamblea más explicativa que mitinera, así me veía yo. Ni siquiera me acompañaba la voz. Si la levanto
es poco potente y si la fuerzo se quiebra fácilmente, así que, al hablar en público, cuando la oía, a ella, a mi voz, siempre me decepcionaba.


Revivo ahora la asamblea de Ferrol. Se había convocado una huelga general y las reivindicaciones tenían mucho que ver con las políticas de empleo, mi área de trabajo. Entro en la gran sala donde se celebra la asamblea, está abarrotada, hombres en su mayoría -son los trabajadores de los astilleros navales y de las pequeñas industrias auxiliares- aunque también hay mujeres, pero muchas menos. Y siento sobre mí la expectación de todos ellos. Se trata de motivar y comprometer a la gente para que pare el día de la huelga. Habla, para introducir el debate y presentarme, un responsable
sindical de la zona. Hay motivos para la movilización, dice, y describe genéricamente los derechos que pretende recortar el gobierno. Recuerdo el sentido de sus palabrasantes de pasarme el micrófono -la literalidad fue más o menos ésta-: “nosotros aquí hemos estado comprometidos desde el primer momento con la convocatoria de paro que han hecho en Madrid y por eso les pedimos que viniera un compañero para explicarnos con detalle … ¡Y NOS MANDARON A LA COMPAÑERA!” Sentí de golpe que yo, allí, era desilusionante. Busqué en mí la voz más natural, la más convincente,
la menos impostada y empecé a hablar. Para entonces yo ya sabía que lo iba a hacer bien, o mejor, ya me gustaba cómo lo hacía. Al terminar, un grupo de mujeres se acercó para felicitarme, “lo has explicado muy claro”; ellas sí harían la huelga, dijeron. El tiempo siguió corriendo, hubo más negociaciones, nuevas movilizaciones,
cambiaron algunos de mis compañeros y compañeras. Pocos meses antes de dejar mi responsabilidad sindical se abrió otra negociación con el gobierno y las organizaciones empresariales. Propuse entonces que nuestras reivindicaciones incluyeran, como uno de los temas fundamentales, políticas de igualdad a favor de las mujeres. El argumento
fue, y todavía vale para hoy, si nuestro mercado de trabajo era muy desigual en sus indicadores respecto a la media de los países europeos, se debía a que las mujeres españolas eran negativamente diferentes a las europeas, con menos empleos y más paro. Y eso a pesar de que ellas seguían todas las estrategias individuales posibles para
tener un trabajo pagado, sobre todo estudiar más que los hombres y tener menos hijos de los deseados.


Al poner este tema sobre la mesa, el gobierno tuvo que incluir entre sus negociadores a una alta responsable del área de igualdad, una mujer feminista que quería sacar adelante una ley general de igualdad entre mujeres y hombres. Entre otras cosas se propuso -era la primera vez que se hacía-, un permiso específico para los hombres cuando les naciera un hijo. Por nuestra parte, la sindical, queríamos que las empresas tuvieran la obligación de negociar planes de igualdad y poder así discutir sobre salarios, categorías profesionales, promociones, formación y, en fin, de todo lo
que determina que las condiciones de trabajo de las mujeres sean peores que las de los hombres. Nosotras habíamos aprendido a hablar de planes de igualdad a finales de los años 90 con el programa europeo NOW (Nuevas Oportunidades para las Mujeres), que promovía la integración laboral de las mujeres. Recuerdo cómo, todavía novatas en las iniciativas europeas, viajábamos con temor para asistir a las reuniones entre países y volvíamos emocionadas por intercambiar experiencias con las sindicalistas italianas, francesas, las nórdicas, a las que considerábamos más avezadas
Recuerdo la reacción del representante empresarial ante estas propuestas. Parecía como si ante la irracionalidad que nos adjudicaba, él, incapaz de mesura, enloqueciera; así que aquella tarde, la formalidad negociadora saltó por los aires y la reunión se convirtió en un circo. Se habló de pescaderías, sí, de esos negocios que venden peces. El argumento era más o menos éste: “tendrán que cerrar, porque ¿cómo podía el pescadero tomarse un permiso retribuido y desaparecer unos cuantos días, así, sin más motivo que tener un hijo, cuando a él no le pasaba nada físico?” Y “¿cómo iban a poder hacer planes de igualdad todas esas pequeñas empresas que conformaban el tejido empresarial del país?”, y se volvía al ejemplo de la pescadería. Todo se embarullaba cada vez que hablábamos de propuestas a favor de la igualdad de las mujeres y la negociación resultaba tan grotesca, que finalmente el gobierno decidió sacar el tema de este ámbito de interlocución. Yo no compartí la decisión, éramos nosotras las promotoras de estas medidas y una vez más se quedaban
fuera, pero los compañeros del sindicato no me siguieron. Aun así, la Ley Orgánica de Igualdad Efectiva entre mujeres y hombres que se aprobó finalmente en 2007, contenía, entre otras muchas disposiciones, un permiso de dos semanas para los padres y la obligación para las empresas con más de 250 trabajadores tener un plan de igualdad negociado. Nuestras ideas estaban allí.


Las historias se construyen con el poso que dejan en la memoria las experiencias que luego contamos como si fueran fábulas con protagonistas que parecen de cuento. Así que podemos preguntarnos ¿tiene moraleja esta historia? Me atrevo a señalar dos. En lo personal, entré en el sindicato sintiendo que no daba la talla, la del ejemplar
masculino al uso, y salí más segura de mí por no darla. En lo común, en lo que llamamos acción política, nosotras, las que fuimos parte de esta historia, y las que nos precedieron, y las que vendrán, construimos puentes sensibles y somos la cadena de valor de la igualdad de derechos de las mujeres. Casi 20 años después de aquella negociación en la que por primera vez se habló de permisos parentales y sonó a escándalo, hoy, mujeres y hombres tienen el derecho a 19 semanas de permiso pagado cuando nace un hijo, que es igual e intransferible para madres y padres. Y todas las empresas con 50 o más trabajadoras y trabajadores en sus plantillas están obligadas a elaborar planes de igualdad.

Ahora, ya retirada de la acción, miro al mundo común. Avanzamos. Hay más mujeres donde antes no estaban y más que denuncian las desigualdades, las discriminaciones y la violencia contra ellas. Pero también oigo, sorprendida, cómo
mientras ellas lidian para ir más allá o incluso para no retroceder, algunos presumen en público de ser los dirigentes de sindicatos y partidos políticos “feministas”, como dicen ellos con osadía. Y, sin embargo, no estamos ante el fin de la historia.

Dolores Liceras Ruíz
Madrid, 18 de diciembre de 2025